Isabel de Farnesio, las intrigas de palacio, un bosque centenario y la mirada de un gamo

Palacio Real de Riofrío

Palacio Real de Riofrío

A tan solo 11 Km de La Granja de San Ildefonso -Segovia-, se encuentra el palacio real de Riofrío. Integrado en un bosque de más de 600 hectáreas y cercado con una tapia de piedra, este maravilloso paraje natural está repleto de encinas centenarias, gamos y ciervos. Se puede acceder al recinto vallado previo pago de entrada con la prohibición de bajarse del vehículo fuera de las zonas habilitadas.

Aún así, el trayecto en coche desde la entrada al bosque permite observar y fotografiar las evoluciones de los animales, recelosos pero bastante habituados a la presencia humana.

La historia del palacio real de Riofrío,  desde el que se divisa la silueta inconfundible de la mole montañosa conocida como “La Mujer Muerta”, se remonta al año 1752 cuando la reina consorte Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, ordenó su construcción.

La Mujer Muerta. Atardecer de otoño.

La Mujer Muerta. Atardecer de otoño.

La Mujer Muerta desde el Palacio de Riofrío

Isabel de Farnesio nació en Parma –Italia- en 1692. Consiguió ser heredera del Ducado de Parma tras las sucesivas muertes de quienes la precedieron en la línea sucesoria. Contrajo matrimonio con Felipe V en 1714, después de que el rey hubiera enviudado. Durante su vida conoció el reinado de cuatro reyes, el de su marido Felipe V, los de los hijos anteriores de éste, Luis I y Fernando VI, y el de su propio hijo, Carlos III, fruto de su enlace con  Felipe V.

Sobre ella se ha dicho que tenía un carácter manipulador, tanto que llegó a ser en la práctica la verdadera monarca. Tal vez asumió las competencias de gobierno que su marido no desarrollaba, porque Felipe V, curiosamente llamado “el animoso”, padecía crisis depresivas en las que descuidaba el reinado y  su higiene personal. Las “malas lenguas” dicen que solamente se animaba cuando alguna guerra estaba cerca, aunque por lo que parece, para procrear también andaba bien de ánimo, ya que tuvo siete hijos con Isabel de Farnesio y cuatro con su anterior esposa.

Atardecer de otoño en el  bosque de Riofrío.

Atardecer de otoño en el bosque de Riofrío.

En 1724, Felipe V, inmerso en una de sus crisis, abdicó en favor de su hijo Luis I, que falleció ese mismo año de viruela, aunque en el corto reinado de Luis I parece que también era Isabel de Farnesio la que realmente reinaba. No sabemos si porque era manipuladora o porque Luis tenía 17 años y era bastante aficionado a las fiestas, su padre estaba deprimido y alguien tenía que ejercer la monarquía.

Así las cosas, Felipe V, con pocas ganas de reinar, volvió a asumir el trono hasta su muerte en 1746, en un estado continuado de deterioro físico y mental. Su sucesor, Fernando VI no tenía buena opinión de su madrastra, así que la obligó a residir en el palacio de La Granja de San Ildefonso, para alejarla de su lado. Unos años después, Isabel de Farnesio ordenó la construcción del palacio de Riofrío, a poca distancia del de La Granja, no sabemos si buscando mayor independencia para sus intrigas, como dicen algunos.

Fernando VI heredó el carácter depresivo de su padre y tras la muerte de su esposa, Bárbara de Braganza, entró en un estado irreversible de demencia hasta su muerte.

Tras la muerte de Fernando VI, Carlos III, hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio accedió al trono. Se plasmó así el deseo de su madre Isabel desde hacía muchos años. Tal vez no estaba equivocada porque se convirtió en uno de los mejores gobernantes de nuestra historia.

Isabel de Farnesio, una mujer controvertida sobre la que se han dicho muchas cosas, incluso que llegó a inocular la viruela a su hijastro Luis. Intelectual, culta, esbelta, bella y mujer avanzada a su tiempo para unos. Otros la denominaban despectivamente “la parmesana”  y decían de ella :”Se trata de una buena muchacha de veintidós años, feúcha, insignificante, que se atiborra de mantequilla y de queso parmesano y que jamás ha oído hablar de nada que no sea coser o bordar“. Cosas de la historia y de los que la cuentan. Sobre su belleza, en Internet pueden verse retratos suyos. Que cada uno juzgue según su gusto. Yo me quedo con el precioso gamo que nos despedía al salir del bosque del Palacio de Riofrío, siempre con La Mujer Muerta mirando de reojo desde su postura inconfundible.

Por cierto, Isabel de Farnesio, que falleció en 1766 en Aranjuez, reposa en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso -Segovia-, junto a su esposo Felipe V, monarca que eligió La Granja en vez de El Escorial para su descanso eterno. ÁNGEL S. CRESPO  para GUADARRAMISTAS

Un gamo en el bosque de Riofrío.

Un gamo en el bosque de Riofrío.

Sabinas, testigos de la historia

Hojas y fruto de sabina albar.

Hojas y fruto de sabina albar.

En  el valle del Lozoya se encuentra el único sabinar de Madrid. Se trata de un bosque relicto de sabina albar  Juniperus thrurifera que crece inusualmente en un suelo de gneis, cuando normalmente  este tipo de vegetación se desarrolla en suelos más blandos de tipo calizo. También resulta anormalmente curiosa su ubicación  a una altitud de hasta 1.300 metros.

Para llegar hasta él hay que hacer una ruta senderista  circular  de dificultad media, que dura unas tres horas, y en la que se recorren 13 km.  Para iniciar la ruta se puede llegar  hasta Navarredonda desde la N-I, desviación a la izquierda, pasado Buitrago por la M-634, y a la derecha pasado San Mamés por la M-974.

También se puede acceder a  Lozoya por la N-I, a la altura del kilómetro 68 pasado Lozoyuela, por la M-604.

Juniperus thurifera.

Juniperus thurifera.

Los sabinares  asentados en suelos ácidos como éste de Lozoya se caracterizan por la escasez de calcio  en el suelo y permiten que a estos hermosos árboles les acompañen otras plantas como jaras, cantuesos o mejorana, lo que hace del paseo en primavera y verano un regalo para los sentidos, siendo especialmente agradecido el del olfato.

La sabina albar pertenece a la familia de la cupresáceas y presenta unas hojas de color verde oscuro. Es fácil de reconocer por su forma cónica, que permanece en la mitad de su vida. Después  se diferencia perfectamente su tronco y su copa. Puede alcanzar los 20 m de altura y crece entre 1 y 3 mm de diámetro al año. Así que si tenemos la suerte de encontrarnos frente a frente con una sabina  de 1 o 2 metros de diámetro, podemos estar seguros de estar frente a un testigo de la historia de hace más de 1.000 años. ¿Puede haber algo que infunda más respeto? ISABEL PÉREZ para GUADARRAMISTAS

El Abedular de Canencia

 

Abedular de Canencia.

Abedular de Canencia.

No es el abedul Betula alba un árbol muy abundante en la Sierra de Guadarrama. Propio de latitudes más norteñas, la mayoría de los ejemplares que encontramos en nuestra Sierra son relictos, o lo que es lo mismo, restos del pasado más frío de las glaciaciones en el que el paisaje era más parecido al de Finlandia que al que actualmente tenemos.

El aumento de las temperaturas en el planeta fue reduciendo los bosques de abedul a las zonas más norteñas de la Península Ibérica. Más al sur, solamente perduran en reducidos bosquetes donde la humedad y las frescas temperaturas permiten su subsistencia.

 

En la Sierra de Guadarrama hay alguno de estos bosques, los de Navafría y Riaza en Segovia, y más al sur el de Canencia, en Madrid, probablemente este último, uno de los abedulares más meridionales de España. Allí convive este maravilloso árbol de corteza blanca junto a tejos, acebos, robles y pinos silvestres conformando una deliciosa ruta de paseo, especialmente en otoño.

 

El abedul, árbol de la sabiduría en la cultura celta, fue utilizado para fabricar papel, empleándose para ello su “librum” (corteza). Sus flexibles ramas sirvieron a modo de látigo que los inquisidores empleaban con frecuencia, y más tarde los maestros para proporcionar su “jarabe de palo”. En algunos lugares de Europa se elabora con su savia vino de abedul. También la “betulina” contenida en su corteza, es utilizada en el tratamiento de enfermedades de la piel. ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO para GUADARRAMISTAS

 

Tronco de abedul.

Tronco de abedul.

Un oasis de plata en Guadarrama

Existe un pinar, cerca del pueblo de Guadarrama, muy poco común por estas latitudes. Su existencia y pleno esplendor se remonta  a la época de los Reyes Católicos. Hablamos de una agrupación de pino laricio –Pinus nigra-, considerado como la más antigua de España sobre terrenos ácidos, localizada cerca del embalse de La Jarosa, a unos seis kilómetros siguiendo una pista que lleva hasta las praderas de La Covacha y el arroyo de La Hilera.

El pino laricio tiene una corteza de color blanco plateado y es una especie que se desarrolla en suelos calizos. Lo normal es que esté presente en zonas del sur de la Península –aunque también se puede apreciar en áreas prepirenáicas-. Es muy raro encontrarlo en terrenos ácidos y graníticos como los de la Sierra de Guadarrama y más aún sabiendo que su origen no procede de la repoblación hecha por el hombre.

Los botánicos e ingenieros contabilizaron a primeros del siglo pasado más de 3.000 ejemplares en este bosque que hoy en día cuenta con alrededor de 5.000. No sólo sorprende su formación y desarrollo en terreno hostil, sino también su capacidad de supervivencia durante siglos, ante los embates de la biología y de la depredación humana. Un lujo, en cierto modo inexplicable, que está al alcance de nuestros ojos a cambio de un agradable paseo en plena naturaleza. ISABEL PÉREZ  para GUADARRAMISTAS

La Morcuera, puerto de mal-abrigo

 

La Morcuera en el mes de abril.

La Morcuera en el mes de abril.

Si hay un lugar frío, desarropado, ventoso y hasta inhóspito entre los puertos de montaña de la Sierra de Guadarrama, el de La Morcuera se lleva la palma. El viento del norte que azota en invierno a la umbría de La Najarra, viento al que los pastores llaman “escornacabras”, sopla como si alguien se hubiera dejado abiertas las puertas de toda la Sierra. Las extensas turberas cubiertas de nieve no hacen imaginable el maravilloso lugar que La Morcuera es en verano, donde se dan cita especies de mariposas escasas y muy localizadas que solamente allí y en algunos prados húmedos del Valle de Lozoya se pueden encontrar.

Quizá el propio nombre “Morcuera” esté relacionado con el frío intenso, ya que entre las diferentes explicaciones etimológicas y toponímicas hay una bastante elocuente. Morcuera sería la derivación de la palabra “malacuera” o “malcuera”. Una “cuera” era una especie de capa de abrigo que los pastores usaban antiguamente y que colocaban debajo del jubón, es decir, una prenda que reforzaba la protección ante el frío. “Malacuera” definiría el desabrigo o mal-abrigo que se sufre en esta zona. ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO para GUADARRAMISTAS