Los vigilantes del bosque. De las cenderas a los agentes forestales

 

Monumento a la Guardería Forestal. Mirador de los Robledos. Valle del Lozoya.

Monumento a la Guardería Forestal. Mirador de los Robledos. Valle del Lozoya.

Todos conocemos que la limpieza y conservación de los montes está atribuida, en la actualidad, a los agentes forestales o medioambientales, que podríamos decir que son los actuales vigilantes del bosque, pero no siempre ha sido así. Hasta finales del s. XIX eran los vecinos de los municipios del área de influencia del bosque los que cuidaban y limpiaban este espacio natural mediante las cenderas o hacenderas.

Los primeros datos de una regulación legal referente a la vigilancia forestal se remontan al s. XVII con Carlos II y sus ordenanzas promulgadas para la vigilancia de animales salvajes y masas boscosas, sin que ello supusiera crear un cuerpo específico. En 1748, Fernando VI nombró a los llamados Guardas de Campo y Monte, que tenían como finalidad evitar los incendios forestales –que por desgracia siempre ha habido-, y vigilar que el ganado no destruyera las plantaciones de repoblación. Carlos III, en 1762, dispuso una Real Orden por la que se creaba la Compañía de Fusileros Guardabosques Reales.

Hasta 1877, año en que se creó el cuerpo de Capataces de Cultivo, no podemos hablar de agentes forestales tal como ahora los conocemos. El capataz de cultivo tenía atribuidas dos funciones. Por un lado, actuaba como policía forestal, y por otro, desempeñaba el cargo de  auxiliar de ingeniería , algo así como ayudante de los  ingenieros de montes para las tareas accesorias y duras que los propios ingenieros no realizaban.

El Reglamento del Cuerpo de Guardería Forestal de 1907 supone el cambio de denominación de capataz de cultivo al de guarda forestal.

En 1941 se publica un nuevo reglamento, el del Cuerpo de Guardas Forestales del Estado, a la vez que se crea la Guardería del Patrimonio Forestal del Estado. En 1972 se constituye el conocido ICONA con la creación de la Escala de Guardas Forestales del ICONA –Instituto de Conservación de la Naturaleza-, que perdurará hasta que la Constitución de 1978 crea  las Comunidades Autónomas con competencias para crear sus propios cuerpos de agentes, algo que plasmarán en sus estatutos de autonomía.

Sin embargo, hasta que a finales del S.XIX no se creara de forma oficial una auténtica policía de montes que se ocupara de la vigilancia y limpieza de los parajes naturales, la actividad era realizada por los propios vecinos de los municipios del área de influencia del monte. Eran las llamadas cenderas o hacenderas, trabajos comunes y variados en beneficio de la colectividad municipal, que en el caso de los relativos al monte incluían su limpieza y desbroce, así como el acondicionamiento y reparación de caminos, usando para ello sus herramientas, sus propias fuerzas y las de sus animales. A la llamada del Ayuntamiento o de la Junta elegida al efecto, los vecinos se ponían manos a la obra para cuidar de sus montes comunes, en lo que llamaban “ir de cenderas”. A cambio de este esfuerzo, se repartían los beneficios que la explotación del bosque producía, algo muy común en tierras de pinares. Las cenderas o hacenderas se remontan a la Edad Media y, sin duda, implicaban a los vecinos, tanto en el trabajo como en el reparto de ciertos beneficios, algo muy recomendable para preservar los bosques y asegurar su buen estado de salud. ÁNGEL S. CRESPO para GUADARRAMISTAS

El Castillo de Manzanares el Real. El poder de los Mendoza

 

Castillo de Manzanares el Real.

Castillo de Manzanares el Real.

 

La característica estampa del Castillo de Manzanares el Real es el vivo recuerdo de la familia más poderosa de la Sierra de Guadarrama, los Mendoza.

Por todos es sabido que la nobleza tiene su origen en agradecimientos y pagos efectuados por la corona. Nada mejor que echar una mano al monarca de turno o a su familia para recibir a cambio una tierras y un título. Así se han perpetuado los títulos nobiliarios durante siglos. Un tatarabuelo dio la cara por un rey en una batalla, y a cambio de ello, el resto de sus descendientes mantienen de por vida el reconocimiento, aunque no sean capaces de hacer la “o” con un canuto, o hayan salido cobardes, que el valor o la lealtad, que se sepa,  no son genéticos.

Sin que ello signifique prejuzgar a los Mendoza, no sabemos cómo eran o cómo son, el caso es que la familia hizo fortuna gracias a un mayordomo real allá por el año 1383. Cierto es que no se trataba de un mayordomo de esos de guantes blancos que eligen la vajilla, era Mayordomo Mayor, algo así como un hombre de máxima confianza del rey que se encargaba de la administración, las finanzas y la contabilidad.

La historia se remonta a muchos años atrás, desde que madrileños y segovianos empezaron a pelearse por el dominio de la tierras serranas, entre las que se encontraban las del Real de Manzanares. Los diferentes monarcas habían ido haciendo transferencias de poder entre Madrid y Segovia, que incluían tierras que temporalmente estaban bajo el dominio de unos u otros.  Así diríamos que iban los reyes  “apagando fuegos” pero no tardaban en encenderse otros; que si esos aprovechamientos son míos, que si ese poblado me pertenece… Segovianos y madrileños, bien, lo que se dice bien, nunca se han llevado. Ni siquiera, hoy día, se ponen de acuerdo en la denominación de la Sierra de Guadarrama, que aunque ya la tenga, “de Guadarrama”,  es llamada por los madrileños “Sierra de Madrid”, para enojo de los segovianos, que con razón no aceptan tal apropiación. Curiosamente, la mayor parte de los pueblos serranos de Madrid tienen su origen en repoblaciones efectuadas con vecinos de las tierras de Segovia. Cosas inexplicables de los conflictos.

En medio de tal desencuentro, el rey Alfonso X el Sabio tomó la salomónica decisión en 1239 de quedarse con todo, “ni para unos ni para otros”, todo para el rey y se acabaron las disputas. Y esta decisión, acompañada de ciertos privilegios, aprovechamientos y usos para las dos partes, supuso casi un siglo y medio de paz. Los distintos monarcas e infantes iban heredando las tierras del Real de Manzanares y no había nada que discutir entre segovianos y madrileños.

Pero hay algo en los gobernantes que les hace tender a la privatización, aunque pasen los siglos las querencias se mantienen. En 1375, el monarca Enrique II comenzó a repartir tierras y adjudicó muchas de las del Real de Manzanares y Buitrago a su mayordomo Pedro González de Mendoza.

Comienza el poder de los Mendoza gracias al mayordomo Pedro, y por si fuera poco, Pedro González de Mendoza resultó ser un héroe. En 1385 salvó la vida al monarca Juan I en la Batalla de Aljubarrota, al cederle al rey su caballo para que huyera quedándose en tierra esperando la muerte, que la halló,  mientras el rey se perdía en la distancia salvando su real vida. Así se narraba la heroica historia en un romance de Hurtado de Velarde en el s. XVII:

Si el caballo vos han muerto,

sobid, Rey, en mi caballo

y si no podeis sobir,

llegad; sobiros hé en brazos.

Poned un pie en el estribo

y el otro sobre mis manos;

mirad que carga el gentio;

aunque yo muera, libradvos.

Un poco es blando de boca,

bien como a tal sofrenaldo

afirmandoos en la silla,

dadle rienda, picad largo…

Dixo el valiente alavés

señor de Fita y Buitrago

al Rey Don Juan el primero

Y entrose a morir luchando…

 

Agradecido que era el rey, no es para menos, el 1386 entregó el Sexmo de Lozoya a Diego Hurtado de Mendoza, hijo de Pedro. Con ello, el poder de los Mendoza se hizo aún mayor.

El actual Castillo de Manzanares el Real es el segundo de los castillos construidos en Manzanares el Real. El primero, situado cerca del cementerio de Manzanares solamente conserva restos de sus muros.

El actual castillo, situado al lado opuesto de donde se ubicaba el primero, se inicia en el año 1475 por orden de Diego Hurtado de Mendoza, primer Duque del Infantado, y se finaliza bajo la dirección de Juan Guas, arquitecto del Palacio del Infantado de Guadalajara, siendo duque Íñigo López de Mendoza, hijo de Diego Hurtado de Mendoza. Para llegar a su estado actual ha sido objeto de diversas reformas y transformaciones.

El proceso autonómico de la Comunidad de Madrid se inició en este castillo en 1981, y en 1982 albergó la constitución de la Asamblea de parlamentarios de Madrid que llevó a cabo la redacción del Estatuto de Autonomía. ÁNGEL S. CRESPO  para GUADARRAMISTAS

 

75 aniversario de la muerte de Antonio Machado

Homenaje a Antonio Machado en la Plaza Mayor de Segovia.

Homenaje a Antonio Machado en la Plaza Mayor de Segovia.

La relación de Antonio Machado con la Sierra de Guadarrama comenzó en su período de formación en la Institución Libre de Enseñanza, fundada por el maestro e ilustre guadarramista Francisco Giner de los Ríos. A la muerte de Giner, Antonio Machado le dedicó unos versos:

… ¿Murió?Solo sabemos

que se nos fue por una senda clara.

Diciéndonos: Hacedme

 un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más, sed lo que he sido

entre vosotros, alma.

Oh, si, llevad amigos,

su cuerpo a la montaña,

a los azules montes 

del ancho Guadarrama. 

Allí el maestro un día

soñaba un nuevo florecer de España.

La vida de Antonio Machado continuó ligada a la Sierra de Guadarrama años después de su relación con la Institución Libre de Enseñanza. Después de una estancia de siete años en Baeza, tras la muerte de su esposa Leonor Izquierdo, Machado se trasladó a Segovia. Vivió entre los años 1919 y 1932, en la calle de los Desamparados, cerca de la catedral y de la Iglesia de San Esteban, en lo que hoy es la Casa Museo Antonio Machado, propiedad de la Universidad Popular de Segovia, que el propio Machado contribuyó a fundar.

En Segovia fue profesor de francés y en la ciudad castellana conoció a  una mujer madrileña llamada Pilar de Valderrama, su segundo gran amor tras la muerte de su esposa Leonor. Pilar de Valderrama o Guiomar, sobrenombre que Antonio Machado utilizó para ella en obras como Juan de Mairena, era una mujer casada y su relación fue siempre secreta.

Durante la Guerra Civil, Antonio Machado se traslado a Valencia y finalmente a Barcelona, desde donde partió camino del exilio a Francia con su madre. Llegó a Colliure el día 28 de Enero de 1939, veinticinco días después, el 22 de febrero de 1939,  murió.  Su madre lo hizo tres días más tarde que él. En uno de los bolsillos de la chaqueta de Antonio Machado se  encontró una de las últimas canciones escritas a Guiomar y también un verso:

Estos días azules

y este sol de la infancia…

La fatídica guerra le obligó apartar su mirada, aunque no su alma, de las tierras castellanas, de Segovia, de la Sierra de Guadarrama y de su querida Soria.

Ahora, 75 años después de su muerte, podemos recitar aquella oración que Rubén Darío escribió, aún en vida de ambos, en honor de Antonio Machado.

Misterioso y silencioso

iba una y otra vez.

Cuando hablaba tenía un dejo

de timidez y de altivez.

Y la luz de sus pensamientos

casi siempre se veía arder.

Era luminoso y profundo

como era hombre de buena fe.

Fuera pastor de mil leones

y de corderos a la vez.

Conduciría tempestades

o traería un panal de miel.

Las maravillas de la vida

y del amor y del placer, 

cantaba en versos profundos

cuyo secreto era de él.

Montado en un raro Pegaso,

un día al imposible se fue.

Ruego por Antonio a mis dioses,

ellos le salven siempre. Amén

No fue Antonio Machado (Sevilla 1875-Colliure, Francia 1939) un hombre excursionista, al menos por lo que se entiende como senderista. Tenía el poeta dificultades para caminar con soltura entre pendientes y en abruptos recorridos. Es más, tenía cierta torpeza para caminar incluso por lugares llanos. Tal vez por ello le mostraba su asombro a Ignacio Bolívar, uno de los más importantes entomólogos españoles al que decía “…insigne Bolívar, cazando saltamontes a sus setenta años, con general asombro de las águilas, los buitres y los alcotanes de la cordillera carpetovetónica…”.

Machado detestaba el deporte, la gimnasia, y lo hizo saber a través de su Juan de Mairena calificando como “…absurda y ambiciosa la expresión educación física…no hay que educar físicamente a nadie…, todo deporte es trabajo estéril, cuando no juego estúpido…”

Sin embargo, Antonio Machado contemplaba la Sierra de Guadarrama, viajaba frecuentemente desde Segovia a Madrid en ferrocarril. Amante de la grandeza del paisaje su inabarcable sensibilidad le hizo preguntarse:

¿Eres tu, Guadarrama, viejo amigo,

la sierra gris y blanca,

la sierra de mis tardes madrileñas

que yo veía en el azul pintada?

Por tus barrancos hondos

y por tus cumbres agrias,

mil Guadarramas y mil soles vienen,

cabalgando conmigo, a tus entrañas.

Camino de Valsaín/ Campos de Castilla

Sentimiento y homenaje difícil de superar para no ser senderista ni haber hecho noche nunca en las cumbres de Peñalara. ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO para GUADARRAMISTAS

La Estación Biológica del Ventorrillo

Cualquiera que haya circulado por la carretera M-601 en el tramo  que discurre entre el Puerto y el pueblo de Navacerrada, ha tenido que ver, aunque sea de refilón a través de la ventanilla de su vehículo, las instalaciones de la Estación Biológica del Ventorrillo.

El nombre parece indicarlo todo, estación biológica, y uno puede suponer que es un lugar donde se llevan a cabo estudios biológicos. Efectivamente es así, y no es poca cosa en un país al que le cuesta un mundo llevar a cabo estudios científicos y destinar dineros y edificios a semejantes fines. Lo que no nos podemos imaginar es que este lugar de apariencia modesta, situado en esa curva que los vehículos forzosamente han de  tomar con calma, fue en su momento uno de los lugares punteros en la investigación europea. Sí, de toda Europa y ubicado en la Sierra de Guadarrama, en España.

Edificio de la estación biológica.

Edificio de la estación biológica.

A principios del s. XX no existía lo que ahora llamamos el “I+D+I”, algo que designamos con abreviaturas, con la confianza casi irrespetuosa del que está muy acostumbrado a su trato cotidiano, y que quiere decir, Investigación más desarrollo más Innovación. Tampoco se hablaba de la marca España, ni de esas cosas vacuas de la actualidad que sirven para presumir, propias de los países de mil discursos y pocos recursos. Había entonces entusiasmo, confianza en que el futuro pasaba por la cultura, la ciencia y una labor bien hecha. Por desgracia, como tantas otras cosas, aquella realidad terminó con la fatídica guerra civil y sus nefastas consecuencias.

En la primera década del s. XX, todo aquello que la Institución Libre de Enseñanza, con Giner de los Ríos a la cabeza, había ido generando en torno a los más amplios aspectos de la cultura, tomó forma en el ámbito científico con la creación de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Se nombró director de este organismo, nada más y nada menos que a Don Santiago Ramón y Cajal. En 1911 se creó la Estación de Biología Alpina del Guadarrama, que construyó el edificio del Ventorrillo a finales de 1911.

Constaba por entonces El Ventorrillo con dos pisos, en los que además de laboratorios, microscopios, un observatorio meteorológico y un sismógrafo, los científicos tenían sus propias dependencias en las que podían pernoctar. Allí realizaron investigaciones y organizaron encuentros importantes  entomólogos como Ignacio Bolívar, García Mercet, Dusmet, Martínez de la Escalera o Rene Oberthur ; botánicos como Carlos Vicioso, Antonio Casares o Emilio Huguet; el geólogo Carlos Vidal Box, y en definitiva, una inacabable lista de científicos ilustres, españoles y europeos. Algunos de ellos pusieron  sus apellidos a los insectos y las plantas que observamos en nuestros campos, y a los que hoy recordamos cada vez que empleamos los complicados nombres científicos que la taxonomía emplea.

La guerra civil terminó con todo aquello. Ignacio Bolívar, que presidía la Junta, tuvo que exiliarse en México, se suprimió la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, y aquel centro del Ventorrillo que fue la admiración de los científicos europeos se acabó convirtiendo en 1939 en la residencia de verano del ministro franquista José Ibáñez Martín -no confundir con José Ibáñez Marín-.

El nuevo ministro de Educación tenía claras dos cosas: que El Ventorrillo era un lugar ideal para pasar el verano, tanto que además de convertirla en su residencia veraniega se construyó una piscina y una capilla; y  los derroteros que a partir de entonces iba a tomar la ciencia en nuestro país. Al respecto de esto último, recordamos un par de frases en lo que fue el discurso inaugural del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, organismo que sustituyó a la depuesta Junta, y de la que José Ibáñez Martín fue nombrado presidente. Decía así:

“…Queremos una ciencia católica. Liquidamos, por tanto, en esta hora, todas las herejías científicas que secaron y agostaron los cauces de nuestra genialidad nacional y nos sumieron en la atonía y la decadencia. […] Nuestra ciencia actual, en conexión con la que en los siglos pasados nos definió como nación y como imperio, quiere ser ante todo católica…”.

Actualmente, El Ventorrillo es una estación biológica de campo perteneciente al Museo Nacional de Ciencias Naturales, dependiente del CSIC, y trata de aproximarse a la esencia de lo que en su día fue. Podemos estar seguros de que las intenciones de los biólogos que en ella trabajan son ésas, lo que no sabemos es si en el espíritu de los gobernantes subyacen las ideas de la Institución Libre de Enseñanza o las del ministro veraneante José Ibáñez Martín. ÁNGEL S. CRESPO para GUADARRAMISTAS

LA LOMA DEL NORUEGO. UN NORUEGO LLAMADO BIRGER SÖRENSEN

 

Los esquiadores que frecuentan, en la Sierra de Guadarrama, las pistas de las estaciones invernales de Valdesquí  y Navacerrada, conocen sobradamente este enclave. Desde el Alto de las Guarramillas o Bola del Mundo, en dirección norte y de camino hacia el Puerto de Cotos, un sendero transitable en verano y normalmente repleto de nieve en invierno, nos permite recorrer el alargado alcor llamado Loma del Noruego.

Como ocurre muchas veces con los lugares por donde paseamos, conocemos los nombres y la forma de acceder, pero nunca nos preguntamos el por qué de dichas denominaciones. Así que, por si alguien se ha planteado alguna vez quién es ese noruego de la loma, ahí va la historia de un personaje que todavía hoy  perdura en el recuerdo, dando con su nacionalidad apellido a una de las muchas crestas de la Sierra de Guadarrama.

Birger Sörensen nació en 1877, en la ciudad noruega de Fredrikstad. LLegó a Madrid para encargarse de la sucursal de la empresa familiar Compañía de Maderas Sörensen Jakhelin y CIA, situada en la Calle Argumosa de Madrid. Esta empresa tenía su centro de actividades en la localidad de Barum, en la región noruega de Christiania. Curiosamente, en esta región noruega se inauguró la primera escuela europea de esquí moderno y se celebró el primer campeonato internacional.

Con este historial,  Birger Sörensen no podía dejar de pensar en la nieve y en sus viajes hasta Rascafría, donde acudía al aserradero de la Sociedad Belga de los Pinares del Paular  para hacer encargos de madera, encontró en la Sierra de Guadarrama un reducto donde dar rienda suelta a su afición por el esquí. También descubrió que en la España de la época existían algunos personajes extraños a los que les gustaba el deporte y la naturaleza, y que sentían pasión por nuestra sierra. A la cabeza de esos excursionistas se encontraba Manuel Bartolomé Cossío y otros ilustres guadarramistas como Manuel González de Amezúa, fundador del Club Alpino Español. Junto a Sigurd Christiansen, su apoderado en la empresa familiar, comenzó Sörensen a iniciar a estos entusiastas españoles en la práctica del esquí, e incluso les fabricó los esquíes en su fábrica de madera. Así que podemos decir que en la fábrica madrileña de la Calle Argumosa, en el actual barrio de Lavapiés, se fabricaron los primeros esquís de España.

Esquíes antiguos como los que utilizó, seguramente, Birger Sörensen.

Esquís antiguos como los que utilizó, seguramente, Bidrger Sörensen.

Por desgracia, Birger Sörensen falleció muy joven, en 1910, a los 33 años de edad, víctima de unas fiebres tifoideas. El hombre avanzado, llegado de Noruega, que introdujo el esquí moderno en España, no pudo sortear una enfermedad que no supo cómo combatirse hasta años más tarde.

Queda su recuerdo en la toponimia de la Sierra de Guadarrama, en un enclave frecuentado por esquiadores, que rinden homenaje, muchos de ellos sin saberlo, a Birger Sörensen, el noruego. ÁNGEL S. CRESPO para GUADARRAMISTAS

El Pinar de los Belgas. La Sociedad Belga de los Pinares del Paular

La toponimia de la Sierra de Guadarrama recoge en muchos casos nombres extranjeros como Camino Schmid, o patronímicos como los que se aplican a la conocida Ducha de los Alemanes o la frecuentada por los esquiadores,  Loma del Noruego. Y es que la Sierra de Guadarrama no solamente ha sido objeto de estudio, paseo y deleite de los habitantes serranos. Muchos ilustres extranjeros “colonizaron” este pedazo del Sistema Central, barrera y paso entre las dos Castillas y fuente inagotable para los ríos de sus dos vertientes, Duero y Tajo.

Llama la atención que uno de los pinares más densos y añejos de nuestra sierra, situado en el municipio de Rascafría –Madrid-, en la falda meridional de Peñalara, tenga atribuido el nombre de Pinar de los Belgas.

Para narrar la historia de estos pinares podemos retroceder en el tiempo casi tanto como deseemos, ya que su vida está relacionada con las ambiciones de riqueza de tantos y tantos hombres que durante siglos han perseguido su explotación. Quizá por eso resulta extraño que a día de hoy sigan perdurando y mantengan su esplendor.  Aunque lo que no han podido los años, ni las talas, ni los pleitos y cuitas lo pueda destrozar cualquier dominguero arrojando una colilla desde su coche, mientras sube al Puerto de Cotos, o uno de esos pirómanos que cada año asolan los bosques, y de los que nunca jamás conocemos nombres o motivos, una vez que el incendio se ha extinguido y ha pasado el sobresalto mediático. Esperemos que eso no ocurra por el bien del pinar y el nuestro.

Sociedad Belga del Paular.

Sociedad Belga del Paular.

El Pinar de los Belgas o los Pinares del Paular como también se les denomina,  vienen a ser la continuación del Pinar de Valsaín por el otro lado de Peñalara, algo así como el envoltorio de la montaña que con excepción de sus partes más altas y desabridas se recubre con dos densas masas forestales en cada una de sus laderas. Y del mismo modo que el Pinar de Valsaín perteneció a la Ciudad y Tierra de Segovia desde el s. XII, el pinar de la ladera sur, también era propiedad segoviana.

Sin embargo, en 1675 el poder de los monjes cartujos del Monasterio de El Paular, que era mucho poder, se hizo efectivo con una Real Cédula de Carlos II que les concedía el  dominio sobre el monte en detrimento de la Ciudad y Sierra de Segovia. No en vano, los cartujos ya habían hecho sus “pinitos” en el Valle del Lozoya, y nos referimos a lo concerniente a la tala de pinos, porque en lo relativo a  explotación de pastos para sus ganados tenían todas los derechos desde 1390. Aún así no podían los monjes evitar la tentación de echar mano a la madera, y más de un pino sucumbió a sus hachas y fue objeto de comercio en poblaciones cercanas al Valle.

En cualquier caso, los pleitos entre segovianos y cartujos por un “quitame allá esos pinos” se dieron por terminados con la mencionada Real Cédula de Carlos II. La cosa quedó en rotunda victoria para los monjes. Con la Iglesia habían topado los recios segovianos, que más tarde toparon con el monarca, ya que los pinares de Valsaín acabaron siendo propiedad del rey Carlos III en 1761, aunque sí tuvo la delicadeza el monarca ilustrado de dejarles sacar ramas de acebo para el Domingo de Ramos y piornos de las alturas para proteger los ventisqueros; menos da una piedra. A cambio, eso sí, el Pinar de Valsaín permaneció intacto y vigilado. Nunca sabremos qué hubiera ocurrido si su explotación hubiera quedado al arbitrio de vaya usted a saber qué administrador, que tampoco los ciudadanos de a pie somos hermanitas de la caridad, y menos en lo que se refiere a los asuntos de la naturaleza.

Así las cosas, a comienzo del s. XIX todo estaba repartido y los Pinares de Valsaín eran conocidos como “Pinar del Rey” y los del lado madrileño como “Pinar de los Frailes”.

En 1837, la Desamortización de Mendizabal arrebató a los cartujos o puso a disposición del pueblo, como queramos, los pinares de la zona madrileña que fueron adquiridos por una sociedad civil belga para su explotación. La decisión levantó ampollas, ya sabemos que en nuestro país molesta mucho que los extranjeros se hagan con el control de nuestras cosas, ya sean pinares, banca o eléctricas, y de hecho algunos levantamientos patrióticos se llegaron a producir, pero la sangre no llegó al río y los pinares fueron para los belgas que los explotaron a través de la sociedad denominada Sociedad Belga de los Pinares de El Paular.

Hoy día, estos pinares y los de Valsaín son un ejemplo de explotación maderera. Su estado de conservación es óptimo y cabe preguntarse qué hubiera ocurrido si la Sociedad Belga de los Pinares del Paular no se hubiera hecho con su aprovechamiento. La respuesta es sencilla, hubiera ocurrido exactamente lo mismo que ocurrió con los aledaños pinares de Malagosto y el Reventón, que fueron completamente talados para obtener el máximo beneficio posible en el menor espacio de tiempo posible. Eso fue lo que hicieron con ellos los empresarios patrios a los que se adjudicaron aquellos montes. Y es que la cultura del pelotazo parece que viene de lejos. ÁNGEL S. CRESPO para GUADARRAMISTAS

Encuentro entre el Arcipreste de Hita y la Chata de Malagosto

Arcipreste de Hita.

Arcipreste de Hita.

El Puerto de Malagosto se encuentra a unos 1.900 metros de altitud, situado en la divisoria actual de las provincias de Madrid y Segovia. Hacia el sur, y a sus pies, se sitúa el magnífico Valle del Lozoya (provincia de Madrid), y hacia el norte, las no menos espectaculares tierras segovianas. Así que por su ubicación y dado que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, el Puerto de Malagosto era de obligado paso para quienes querían acortar el trayecto desde el Valle del Lozoya a la capital segoviana. Si  tenemos en cuenta la dureza del camino -hay un desnivel de 800 metros desde el Valle hasta el Puerto-, además de ser de obligado paso, era un lugar de obligada parada, si se quería evitar eso que llamaban “echar el bofe” antes de iniciar el descenso por la ladera segoviana.

Allá por el siglo XIII y sin necesidad de ningún máster, ni curso especializado de esos que imparten en el extranjero, los paisanos serranos ya sabían que un lugar de paso donde además las cuestas hacían hincar la rodilla, era un buen lugar para poner una venta que reconfortara con bebida, alimento y lecho a los sufridos viajeros. Y la “Administración Pública” de entonces, sabía como lo sabe ahora, que de esos negocios se pueden obtener pingües beneficios a base de impuestos, máxime si se cobraban  tanto a los que regentan el negocio – por el hecho de trabajar- como a los que se hospedaban en el mismo –por el hecho de querer pasar por un paso de montaña-. A estas alturas, el lector ya se habrá percatado de que eso que llaman “hecho imponible” existe desde hace mucho tiempo y es un concepto muy flexible.

Sin embargo, los riesgos que debía entrañar el regentar algunas alberguerías serranas perdidas en lo alto de las montañas, con inviernos terroríficos y  saqueadores por doquier, no debía ser muy apetecible si además había que pagar impuestos. Por eso, un rey Sabio como Alfonso X pensó que lo mejor era eximir del pago de impuestos a los titulares de determinadas ventas como la de Valathome, Fuenfría, Malagosto y Manzanares, y en junio de 1273 estableció la siguiente exención:

“Por fazer bien, e merced a los que moran e moraren dende en adelante en las alberguerias que son Valathome, Fuenfría e de Mançanares, e de Maragosto que an nombre de alberguerias, quitolos de todo pecho, e de todo pedido e de todo servicio, e de fonsado e de fonsadera, et de toda fazendera”.

Hacia el Puerto de Malagosto se dirigió un día Juan Ruiz, Arcipreste de Hita ,  cuando se topó con la ventera serrana de armas tomar a la que llamaban Chata de Malangosto. Lo cuenta en el Libro del Buen Amor, obra del año 1330, esencial de la literatura española del medievo, donde el autor cuenta diferentes aventuras en las que venteras y vaqueras serranas son también protagonistas.

Puede resultar chocante el hecho de que siendo Juan Ruiz  arcipreste, o sea, un clérigo, no disimulara sus amoríos, de hecho no escatima explicaciones e incluso calificaciones que hoy día no serían bien vistas por determinados sectores religiosos. Mucho más recatados han sido los escritores en otras épocas más recientes, ya sea por convicción o por la fuerza,  que lo era este arcipreste con ganas de disfrutar de la vida.

Y si no, no hay más que leer las sabias palabras del propio Arcipreste, que son todo un himno al carpe diem que dicen así:

Yo, como soy humano y, por tal, pecador,

sentí por las mujeres, a veces, gran amor.

Que probemos las cosas no siempre es lo peor;

el bien y el mal sabed, y escoger lo mejor.

Sin embargo, la paradoja entre la condición clerical y la libertad sexual hay que analizarla en su contexto histórico, y es que resulta que por la época en que vivió el Arcipreste de Hita, la Iglesia se encontraba en un período de eso que llaman “moral relajada”.

Hasta que los Reyes Católicos un siglo y medio después no decidieron poner orden, la vida de los monasterios era de todo menos monacal. Por eso los monarcas encomendaron a Francisco Cisneros, confesor de la propia reina, poner orden entre religiosos y religiosas. Como no podía ser de otro modo, esto sentó muy mal a algunos monjes, imaginamos que a todos, pero algunos lo llevaron al extremo de abrazar la religión musulmana o dejar los hábitos. Hasta iniciado el s. XVI no se consiguió meter en vereda a los clérigos. Se cuenta que en Salamanca los frailes dominicos se encerraron armados en señal de protesta, y cuando fueron desalojados recorrieron las calles salmantinas vociferando en “plan manifestación”, acompañados por las prostitutas de la ciudad.

En ese momento de nuestra historia hay que entender al Arcipreste de Hita, a su Libro del Buen Amor y a las aventuras que vivió, entre otras con la Chata de Malangosto, en el Puerto que hoy es el de Malagosto.

Cada año, el segundo domingo del verano, el párroco del municipio segoviano de Sotosalbos, acompañado de vaqueros, pastores y amantes de la sierra recrean en Malagosto el encuentro del clérigo con la ventera que el protagonista Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, eso sí, algo faltón y un tanto machista, según los cánones actuales, narró así:

Pasando yo una mañana

el puerto de Malangosto

asaltóme una serrana

tan pronto asomé mi rostro.

-“Desgraciado, ¿dónde andas?

¿Qué buscas o qué demandas

por aqueste puerto angosto?”

Contesté yo a sus preguntas:

-“Me voy para Sotos Albos”

Dijo: -“¡El pecado barruntas

con esos aires tan bravos!

Por aquesta encrucijada

que yo tengo bien guardada,

no pasan los hombres salvos.”

Plantóseme en el sendero

la sarnosa, ruin y fea,

dijo: -“¡Por mi fe, escudero!

aquí me estaré yo queda;

hasta que algo me prometas,

por mucho que tú arremetas,

no pasarás la vereda.”

Díjele: -“¡Por Dios, vaquera,

no me estorbes la jornada!

deja libre la carrera;

para ti no traje nada.”

Me repuso: -“Entonces torna,

por Somosierra trastorna,

que aquí no tendrás posada.”

Y la Chata endiablada,

¡que San Julián la confunda!

arrojóme la cayada

y, volteando su honda,

dijo afinando el pedrero:

-“¡Por el Padre verdadero,

tú me pagas hoy la ronda!”

Nieve había, granizaba,

hablóme la Chata luego

y hablando me amenazaba:

-“¡Paga o ya verás el juego!”

Dije yo:-“¡Por Dios, hermosa,

deciros quiero una cosa,

pero sea Junto al fuego!”

-“Yo te llevaré a mi casa

y te mostraré el camino,

encenderé fuego y brasa

y te daré pan y vino.

Pero ¡a fe!, promete algo

y te tendré por hidalgo.

¡Buena mañana te vino!”

Yo, con miedo y arrecido,

le prometí un garnacha

y ofrecí, para el vestido,

un prendedor y una plancha.

Dijo: -“Yo doy más, amigo.

¡Anda acá, vente conmigo,

no tengas miedo a la escarcha!”.

Cogióme fuerte la mano

y en su pescuezo la puso,

como algún zurrón liviano

llevóme la cuesta ayuso.

-“¡Desgraciado!, no te espantes,

que bien te daré que yantes

como es en la tierra uso.”

Me hizo entrar mucha aína

en su venta, con enhoto;

y me dio hoguera de encina,

mucho conejo de Soto,

buenas perdices asadas,

hogazas mal amasadas

y buena carne de choto.

De vino bueno un cuartero,

manteca de vacas, mucha,

mucho queso de ahumadero,

leche, natas y una trucha;

después me dijo: -“¡Hadeduro!,

comamos de este pan duro,

luego haremos una lucha.”

Cuando el tiempo fue pasando,

fuime desentumeciendo;

como me iba calentando

así me iba sonriendo.

Observóme la pastora;

dijo: –“Compañero, ahora

creo que voy entendiendo”.

La vaqueriza, traviesa,

dijo: “Luchemos -un rato,

levántate ya, de priesa;

quítate de encima el hato” .

Por la muñeca me priso,

tuve que hacer cuanto quiso,

¡creo que me fue barato!

ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO para GUADARRAMISTAS

 

Joaquín María de Castellarnau y Lleopart, ilustre catalán guadarramista

 

Hace ya mucho más de un siglo que existió una élite de pensadores y políticos de verdadera altura. Hombres y mujeres, estas últimas en la forzosa sombra de rancias costumbres, que destacaban por su inteligencia e inquietudes intelectuales.

Hace ya mucho tiempo que un político, incluso un presidente del gobierno, tenía entre sus aficiones la de traducir libros o alejarse del mundanal ruido, para contemplar en un paraje solitario de la sierra el espectáculo que la naturaleza le presentaba delante de sus ojos.

Hace mucho tiempo que los profesionales de la abogacía, la ingeniería, la biología o la empresa vivían apasionadamente su profesión, poniendo por delante de la inmediatez del beneficio el sentido último de aquello que habían estudiado, de aquello a lo que habían consagrado su vida, por encima de los intereses económicos de las empresas o gobiernos a los que servían.

Joaquín María de Castellarnau y Lleopart.

Joaquín María de Castellarnau y Lleopart.

Uno de aquellos hombres de hace mucho tiempo era Don Joaquín María de Castellarnau y Lleopart, nacido en Tarragona en 1848, ingeniero de Montes vinculado a Segovia y al pinar de los Montes de Valsaín. Formó parte de la Comisión para el Servicio del Pinar de Valsaín, pero su vocación conservacionista y naturalista chocaba de lleno con los intereses de quienes querían convertir el pinar en una explotación maderera sin más.

La crítica de Castellarnau al afán talador y mercantilista tiene en estas palabras suyas el mejor ejemplo: “… los árboles viejos se cortan porque son viejos; los árboles que han alcanzado su máximo crecimiento se cortan porque han llegado a la edad; los árboles más jóvenes se cortan porque estorban a los mayores; en las pimpolladas se corta porque es preciso aclararlas; se cortan los puntisecos porque sí; se cortan los árboles que se mueren porque no sirven para nada; se cortan los chamosos porque están chamosos; se cortan los que están malos porque no se acaban de morir; se cortan los árboles sanos para que no se pongan enfermos; y para evitar trabajo, las nieves y los vientos tronchan, arrancan, quiebran y descuajan anualmente una cantidad no despreciable, que se aprovecha también…”

A propósito de estas palabras, cabe reflexionar que hace mucho tiempo que dirigentes políticos o personajes de la Administración no son capaces de hilar pensamientos de más de 30 caracteres, ni frases tan bien construidas gramaticalmente.

Castellarnau tampoco podía comprender como se construía un gran aserradero de vapor en Valsaín al mismo tiempo que se acababa de invertir en modernizar la población adecuando viviendas para pequeños trabajadores del monte, que trabajarían la madera de esa forma que ahora llamamos “sostenible”. Y entonces, como pasa ahora -eso sigue siendo igual- ocurría aquello de “quien se mueve no sale en la foto”, y así, Castellarnau quedó al margen, como esos altos cargos de la Administración a los que no se puede echar pero quedan arrinconados y desprovistos de funciones. Esta situación le permitió dedicarse a conocer la Sierra de Guadarrama y a ahondar en sus estudios de botánica, óptica y microscopía, materias sobre las que llevó a acabo importantes trabajos. En el ámbito académico sí pudo hacer carrera, y en 1911 se convirtió en Director de la Escuela de Ingenieros de Montes. En 1934 obtuvo el máximo galardón de la Academia de Ciencias, la medalla Echegaray.

Castellarnau falleció en Segovia el 23 de julio de 1943 y puede ser considerado uno de los primeros y auténticos ecologistas. Pero hace ya mucho tiempo, también había como ahora, quienes no eran capaces de comprender que las convicciones personales y la honestidad están por encima del dinero y del prestigio profesional, y es por eso que decían de Don Joaquin María de Castellarnau que “ había equivocado su carrera”.

Entre las obras de este ilustre catalán guadarramista figuran: “Estudio ornitológico del Real Sitio de san Ildefonso” 1877; “Estudio micrográfico del tallo del pinsapo” 1880; “Estudio micrográfico del sistema leñoso de las coníferas españolas” 1883; “El pinar de Valsaín, algunas consideraciones sobre su tratamiento y administración”; “Guía y descripción del Real Sitio de San Ildefonso”; “Recuerdos de mi vida” 1942 y diferentes conferencias y artículos científicos, la mayoría de ellos en Revistas y Boletines científicos de la época. ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO para GUADARRAMISTAS

La Bola del Mundo o Alto de las Guarramillas

 

 

El Alto de las Guarramillas es seguramente una de las cumbres más conocidas de la Sierra de Guadarrama. En primer lugar por su acceso desde el populoso Puerto de Navacerrada, y en segundo lugar y fundamentalmente, por la presencia de los archiconocidos repetidores de televisión, que ha modo de estandarte –poco estético- coronan este enclave serrano y le han otorgado el pseudónimo de Bola del Mundo.

El origen de su nombre real, Alto de las Guarramillas, es algo controvertido, como muchas de las cuestiones que tienen que ver con la toponimia. Las versiones acerca del origen del nombre enzarzan a los estudiosos en disquisiciones que, sin dejar de ser necesarias, muchas veces arrojan más oscuridad que luz. De ese modo, algunos autores desarrollan teorías que hablan de las Guarramas, Guarrama y Gran Guarrama, como topónimos, y otros consideran que se trata de simples deformaciones del lenguaje sin base real para afirmar su existencia.

Las famosas antenas de la Bola del Mundo.

Las famosas antenas de la Bola del Mundo.

Lo único que sÍ podemos afirmar es que el famoso Libro de la Montería del rey Alfonso XI, un auténtico manual de caza que delimitaba zonas geográficas concretas, al referirse a esta parte de la sierra, menciona las Guadarramiellas como puntos donde situar las vocerías, que eran algo así como enclaves para ojeadores que dirigían las piezas –en este caso, osos- hacia quienes iban a darles caza. Lo que no hace el Libro de la Montería es indicar cuántas eran esas guadarramiellas, ni su situación.

Placa del vértice geodésico del Alto de las Guarramillas.

Placa del vértice geodésico del Alto de las Guarramillas.

Cayetano Enríquez de Salamanca, en su libro “Por la Sierra de Guadarrama” editorial Aro Artes Gráficas 1981, afirma que las Guarramillas son cuatro. Se trataría de cuatro elevaciones o resaltes, que de forma escalonada se situarían iniciando el ascenso desde el Puerto de Navacerrada por la pista de hormigón, del siguiente modo: la primera guarramilla estaría localizada donde se encuentra el bar y estación superior del telesilla, a unos 2.180 metros de altitud.  Un poco más arriba hay otro pequeño resalte montañoso, a unos 2.210 metros que sería la segunda y en la que se ubica una cruz metálica. Desde aquí se inicia una rampa ascendente hasta la tercera guarramilla que es la más alta con 2.262 metros y coincide con el lugar donde están situadas las antenas de televisión. La cuarta y última  de estas elevaciones, a unos 300 metros y después de un ligero descenso, sería otra elevación situada al noreste de la tercera, entre el Ventisquero de la Condesa y las pistas de Vadesquí, a 2.246 metros de altitud.

Vista desde el Alto de las Guarramillas.

Vista desde el Alto de las Guarramillas.

Como decíamos al principio, a esta denominación de Alto de las Guarramillas se ha sumado una mucho más popular que es la de Bola del Mundo, a mi juicio menos elegante, aunque también tiene su origen histórico.  En este caso, la historia se remonta al año 1959 cuando se instalaron las antenas repetidoras de televisión. Al parecer, las primeras emisiones televisivas aparecían con una carta de apertura, en la que se podía ver un globo terráqueo o “bola del mundo” donde se distinguía la silueta de España y unas antenas que desde el centro emitían unas ondas circulares. Esta imagen se asoció con las antenas repetidoras del Alto de las Guarramillas hasta el punto de popularizarse el nombre de Bola del Mundo.

Las famosas antenas, coloristas y con forma de cohete,  han sufrido lo suyo en este inhóspito enclave. Hasta tres veces el viento ha derribado la antena de 65 metros, por no hablar de las penurias de los trabajadores, que han tenido que permanecer varios días aislados en sus instalaciones por causa de la nieve. En el Alto de las Guarramillas se han registrado vientos de 190 Km hora y temperaturas inferiores a 20 grados bajo cero. Los trabajadores cuentan que en invierno y con los accesos a las instalaciones cubiertos de nieve, los vehículos pueden tardar más de dos horas en llegar a la cumbre, y que la nieve ha llegado a cubrir por completo el edificio anejo a las antenas. ÁNGEL S. CRESPO para GUADARRAMISTAS

 

 

 

La Tuerta, mujer bandolera y George Borrow o Jorgito el Inglés

 

El bandolerismo, ya lo consideremos crimen organizado, “oficio” o modo de ganarse la vida, tuvo en toda España una nutrida representación. Desde el siglo XI y hasta comienzos del XX se pueden hacer listados de bandoleros, ya sea por provincias, municipios, peligrosidad, especialidades o áreas de interés, porque haberlos los ha habido de toda clase y condición.

Especialmente prolífico en bandoleros y saqueadores de caminos fue el s. XIX, período de nuestra historia convulso, iniciado con la Guerra de la Independencia, en la que la inferioridad militar española se compensó con la pasión de los ciudadanos y las emboscadas guerrilleras. Las necesidades de la postguerra y el hecho de que  algunos de aquellos guerrilleros patriotas se reconvirtieran en autónomos de la violencia en beneficio propio, llenó aún más los montes hispánicos de salteadores de caminos.

Por supuesto, la Sierra de Guadarrama no se quedó al margen de la tendencia, y algunos de los más famosos como Luis Candelas, El Tuerto de Pirón, Pablo Santos, Paco el Sastre o Antonio Sánchez alias “Chorra al Aire”, encontraron en los recónditos escarpes serranos lugar donde actuar y ocultarse. De menor categoría podrían enumerarse bastantes más.

Aún con esta abundancia de bandoleros, no encontramos muchos casos de mujeres bandoleras. El único caso mencionado en la Sierra de Guadarrama corresponde a la que lleva por sobrenombre “La Tuerta”. De su existencia solamente tenemos constancia por la obra del escritor británico George Borrow (1803-1881), conocido popularmente como “Jorgito el Inglés”. Borrow era un viajero impenitente, cuya obra fue traducida por Manuel Azaña, y que se especializó en la vida y cultura gitana. La verdad es que leyendo alguno de sus textos,  “Jorgito el Inglés” debía ser algo masoquista porque le entusiasmaban las sierras y las historias de bandoleros y criminales, pero pasaba un miedo atroz cada vez que se veía en la montaña con la noche cerca.

George Borrow, más conocido como Jorgito el Inglés.

George Borrow, más conocido como Jorgito el Inglés.

Borrow  contaba que había en Madrid dos gitanas de armas tomar,  a las que llamaban “La Pepa” y “La Chincharrona”, con las que el escritor quería mantener una entrevista para documentar sus escritos. Optó por la tal Pepa,  que le presentó a sus  dos hijas, “La Tuerta” y “La Casdami”. La última recibía también el nombre de “La Escorpión”, lo cual nos da que pensar acerca de sus cualidades, y eso que solamente contaba con trece añitos. De su conversación con ellas resultó que “La Tuerta” era una bandolera que actuaba en las inmediaciones del Alto del León, y lo hacía siempre disfrazada de hombre. Según ella, perpetraba los atracos sola usando una escopeta y un caballo, y no había camino que no tuviera escudriñado.

Contó “La Tuerta” al escritor que en cierta ocasión acudió en compañía de otros maleantes a asaltar a un anciano que vivía solo porque sabían que guardaba una importante suma de dinero. Como el anciano se negó a desvelarles el escondite lo torturaron con cortes de navaja y quemaduras. Pero no consiguieron que hablara. Así que a “La Tuerta” se le ocurrió una idea que ni a Tarantino en pleno delirio creativo se le hubiera pasado por la cabeza: restregar los párpados del viejo con una guindilla, por dentro, claro, que es por donde más escuece. Aún así el tipo no habló y decidieron matarlo. Justo en ese momento debió aflorar un nuevo brote psicótico de “La Tuerta” que decidió perdonarle la vida, ya que según ella, un hombre de tal valentía y firmeza de corazón hubiera merecido ser su marido de no ser tan anciano.

De “La Tuerta” no hay más datos que los que George Borrow aportó, así que no parece que fuera una importante bandolera, o tal vez pasó desapercibida o confundida con algún famoso saqueador, por eso de ir disfrazada de hombre.

Para los interesados en la obra de George Borrow:

Los zincalí. Los gitanos en España. Traducción de manuel Azaña. Ed. La Nave. Madrid. 1932

La Biblia en España. Vol III. Traducción de Manuel Azaña. Jiménez Fraud, Editor. Madrid 1921